En los días feriados del Bicentenario de la Patria, algunas circunstancias familiares que no vale la pena mencionar me pusieron en contacto con Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla. Me anoticio ahora de que la obra fue publicada primero en forma de apostillas en el diario La Tribuna de Buenos Aires, en 1870, y luego fue compilada como libro.

Cuando era chica, teníamos con mis hermanos muchos tomos de la colección Robin Hood, con tapas duras. Entre ellos había una versión –seguramente jibarizada y adaptada—de Una excursión… que me negué sistemáticamente a hojear siquiera. No quería saber nada con historias de indios, ni locales ni exóticos. Así fue como tampoco leí nunca El último de los mohicanos, de James Fenimore Cooper, otro de los volúmenes de la serie. Más aún, me molestaba, incluso, el pasaje de la historia de Peter Pan en el que hay una princesita india en apuros.

El hecho es que hoy leí los primeros capítulos del libro de Mansilla y quedé maravillada, tanto como cuando empecé las memorias de Virgina Woolf. Me gustan los textos que discurren, aquéllos en los que la trama del relato no interesa, en los que, en verdad, hay muchos pequeños relatos unidos como las cuentas de un collar: cada uno, una perla;  todos juntos, una conversación. Es que cada vez me interesa menos el relato de una historia y cada vez admiro más el arte de la causerie. Copio aquí una de las digresiones del primer capítulo.

Capítulo 1: “Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist: los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríios Cuarto y Quinto.  De dónde parte el camino del Cuero.”[1]

Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El macrocosmo, o sea el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades,  y el microcosmo, o sea el hombre individual, pugnando por emanciparse de las tiranías de la moda y de la civilización.

A los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga, es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y sacrificaron su estómago en aras del bueno tono!

A los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la vida han comenzado marchitar la tez y a blanquear los cabellos, las necesidades crecen, por un bote de cold cream, o por un paquete de cosmético, ¿qué no se hace?

Más tarde, todo es lo mismo; con guantes o sin guantes, con retoques o sin ellos, “la mona aunque se vista de seda mona se queda”.

Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor: nada de picantes, nada de trufas. El puchero es lo único que no hace daño, que no indigesta, que no irrita.

En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en el irresistible corso e ricorso de los tiempos y de la humanidad, el mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente a los mortales de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.


[1] Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles. Agebe. Buenos Aires, Argentina. 2006.

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A mi prima Adriana le gustaba Cortázar, aún hoy, como cuando éramos jóvenes.  Hace un mes, pocos días antes de morir, pidió que le lleváramos Rayuela al hospital. El pedido fue, en verdad, una estratagema inocente para comprometernos a esa visita que pensó que algún primo sensible no se atrevería a enfrentar.

A mí Rayuela ya no me gusta tanto pero copio el capítulo 7, aquí, pensando en ella.

7[1]

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad, elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde el aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces, mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.


[1] Cortázar, Julio. Rayuela. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina. 1963.

Leo un librito de Schopenhauer, su “Historia de la Filosofía”, que no es un resumen de las ideas fundamentales sino algo así como una causerie acerca de ellas y de los autores fundamentales de la tradición occidental.  Así comenta sobre Aristóteles, por ejemplo, que sus “caracteres fundamentales”  fueron “su gran sagacidad unida a la circunspección, instinto de observación, universalidad y falta de penetración” (el subrayado es propio). “Su Metafísica –dice poco después– es en gran parte un conjunto de frases sueltas acerca de los filosofemas de sus predecesores a los cuales él critica y refuta desde su punto de vista, generalmente por apotegmas aislados de los mismos, sin penetrar en su sentido verdadero sino como uno que rompe desde afuera los cristales. Expone pocos dogmas propios o al menos no los relaciona. Es un mérito casual que debamos a su polémica una gran parte de nuestros conocimientos sobre los filosofemas antiguos.”

Lo que sigue es un pasaje del apartado sobre Sócrates, de cuya valía no da fe porque “tuvo un vientre abultado, lo cual no corresponde a los distintivos del genio”. Y porque, además, no ha escrito sus enseñanzas, un deber de aquéllos que tienen conciencia de “no pertenecer al rebaño”.

Socrates[1]

Un gran genio tiene que conocer gradualmente sus deberes y su posición respecto de la humanidad, y por consiguiente, adquirir la convicción de no pertenecer al rebaño sino a los pastores, es decir a los educadores del género humano; por este medio se le pondrá de manifiesto  la obligación de no limitar su inmediato y seguro influjo a los pocos que la casualidad reúne a su alrededor, sino de extenderlo a la humanidad para que pueda alcanzar a las excepciones de ella, a los excelentes y por lo tanto, a los más raros. Mas el órgano con que se habla a la humanidad es únicamente la escritura; oralmente sólo se habla a un número determinado de individuos, por lo cual, lo que se dice así en relación con el género humano queda en la categoría de asunto privado. Porque esos individuos son para la semilla fértil un buen terreno en el cual o no prende o degenera rápidamente en sus producciones; por consiguiente, hay que conservar la semilla. Pero esto no se efectúa por tradición, que en concepto de tal se falsifica a cada momento, sino sólo por medio de la escritura, esa única guardiana fiel de los pensamiento. Además, todo espíritu que piensa profundamente  siente, por necesidad de impulso y para su propia satisfacción, fijar sus pensamientos y revestirlos de la mayor claridad y determinación posibles; por consiguiente, de darles cuerpo por medio de palabras. Pero esto se efectúa, mejor que por cualquier otra forma, mediante la escritura, porque la exposición escrita es esencialmente distinta de la oral, pues sólo ella permite la mayor precisión, concisión y significativa brevedad, convirtiéndose con esto en el molde del pensamiento.


[1] Schopenhauer, Arthur. Historia de la Filosofía (de los presocráticos a Hegel).Quadrata. Buenos Aires, Argentina. 2005

The sartorialist” (http://thesartorialist.blogspot.com) es un blog de modas que sigo desde hace un par de años. Está dedicado a fotografiar gente en la calle,  a mostrar las tendencias de la moda urbana. Ahora, de visita en Nueva York –una ciudad donde “todos tienen onda”, según la definición de quien me acompaña– acaban de regalarme el libro hecho con la compilación de las tomas y algunos  pocos, poquísimos, comentarios de su autor, Scott Schuman.  Uno de ellos es el que sigue y justifica la elección de la imagen de tapa.

Julie, New York.[1]

This is Julie. She is one of my favourite subjects to shoot for the blog. Often when I post a picture of her she receives comments like, “Oh, she is sooo perfect, so chic, a modern Audrey Herpburn.” Well, she is very chic, but she is far from perfect, physically at least. Julie has one leg slightly shorter than the other, has very slim arms, and walks with a very slight limp. However, she has never let her physical challenges alter her appearance or diminish her presence. This young lady stands tall. In a world of fashion that celebrates a certain kind of beauty, I have so much respect for the people who don’t let their non-fashion-world physique stand in the way of expressing the beautiful person that they know themselves to be. I find that type of inner strength the most captivating of all. And it is a major reason why Julie in on the cover of this book.


[1] Schuman, Scott. The Sartorialist. Penguin Books. Inglaterra, Londres. 2009.

Cuando era muy chica, digamos desde que nací  y hasta los seis años,cuando murió mi madre, viví en Ciudadela, provincia de Buenos Aires. Era entonces un barrio de casas bajas, de comerciantes modestos y obreros especializados, de pequeño burgueses laboriosos que creían en el progreso y el ascenso social. Se había desarrollado bastante con el impulso del peronismo de los 40 y los tempranos 50. Con mis hermanos y los chicos de la cuadra jugábamos solos en la calle hasta que nos llamaban a cena. Las puertas de calle estaban abiertas, siempre sin llave  hasta que alguien le daba media vuelta a la hora de ir a dormir. Fuerte Apache no existía.
Mi casa quedaba en la calle Fragueiro, de quien nada conocíamos. Cambió de nombre luego a Caxaraville, otra incógnita para mí.
Ayer supe, en el Templo central de la Gran Logia Masónica de la Argentina (la visité porque fui a escuchar allí un concierto coral), que Mariano Fragueiro fue el presidente de la Convención Nacional Constituyente de 1860, reformadora de la de 1853, que formalizó el ingreso de Buenos Aires a la Nación Argentina. Fragueiro era masón. Y lo fueron José Ingenieros, Lisandro Torres, Hipólito Irigoyen, Carlos Pellegrini… y tantos más. Excede a este comentario la lista que no puede excluir, sin embargo, a José de San Martín, Domingo Faustino Sarmiento y Simón Bolívar.

¿Qué es la masonería?[1]

“La Masonería es una Institución esencialmente filosófica, filantrópica y progresista.
Es filosófica porque orienta al hombre hacia la investigación racional de las leyes de la Naturaleza; invita al esfuerzo del pensamiento que va desde la simbólica representación geométrica hacia la abstracción metafísica; busca la reflexión filosófica, la penetración del sentido espiritual del movimiento de la Historia; contempla en cada tiempo histórico las nuevas inspiraciones doctrinarias y asimila. De cada sistema, lo que pueda significar el aporte al patrimonio de la verdad abstracta, más allá del tiempo y del espacio.
“Es filantrópica porque practica el altruismo, desea el bienestar de todos los seres humanos y no está inspirada en la búsqueda de lucros personales de ninguna clase. Sus esfuerzos y sus recursos están dedicados al progreso y la felicidad de la especie humana, sin distinción de nacionalidad, razas, sexo ni religión, para lo cual tiende a la elevación de los espíritus y a la tranquilidad de las conciencias, algunos apóstoles de la Orden han expresado en frases sintéticas el espíritu ecuménico que anima a la Masonería: “Toda la especie humana es una sola familia dispersa sobvre la faz de la tierra; todos los pueblos son hermanos y deben amarse unos a otros como tales. ¡Desdichados los impíos que buscan una gloria cruel en la sangre de su hermano!” (Ramsay, 1725)
(…)
“Son sus principios:
“La Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
“Y su lema:
“Ciencia, Justicia y Trabajo.
“Se propone la investigación de la verdad, la perfección del Individuo y el progreso de la Humanidad.
“Considera que la moral es tanto un arte racional, como un fenómeno evolutivo propio de la vida colectiva, que obedece a leyes naturales. Reconoce al Gran Arquitecto del Universo como símbolo  de las supremas aspiraciones e inquietudes de los hombres, que anhelan captar la esencia, el principio y la causa de todas las cosas.
“Para el esclarecimiento de la verdad, no reconoce otro límite que el de la razón humana basada en la ciencia. Exige de sus adpetos la más amplia tolerancia y por ello respeta las opiniones políticas y las creencia religiosas de todos los hombres.
“Reconoce que todas las comunidades religiosas y políticas merecen igual respeto y rechaza toda pretensión de otorgar situaciones de privilegio a ninguna de ellas en particular.”


[1] Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones. ¿Qué es la masonería? Folleto de divulgación. Buenos Aires, Argentina.

Una vez[1]

Soy mi padre y mi madre
soy mis hijos
y soy el mundo
soy la vida
y no soy nada
nadie
un pedazo animado
una visita
que no estuvo
que no estará después.
Estoy estando ahora
casi no sé más nada
como una vez estaban
otras cosas que fueron
como un ciclo lejano
un mes
una semana
un día de verano
que otros días del mundo
disiparon.

(1952)


[1] Vilariño, Idea. Poesía 1941-1967.  Arca Editorial. Montevideo, Uruguay. 1970.

Regrese adonde está.[1]

Para empezar, meditamos al permitirnos a nosotros mismos hacer precisamente una cosa muy sencilla: contar cada respiración, de uno a cuatro, para regresar a uno al final de cada ciclo o cada vez que nuestras mentes se distraigan y perdamos la cuenta. Eso es todo lo que tiene que recordar para empezar a meditar. Ése es el fundamento de todo lo que sigue.

Si puede hacerlo.

El hecho es que, una vez que empezamos a calmarnos y a clarificar la mente de este modo, descubrimos una importante verdad: nuestras, mentes están tan dispersas, se ven distraídas con tanta frecuencia por los pensamiento y las preocupaciones, o por los impulsos surgidos al azar, como “¡Oh, será mejor que llame a mi madre!”, que es casi imposible hacer nada de una forma directa y simple. De modo que, irónicamente, la primera lección de la meditación es siempre el fracaso y, del algún modo, ésa es precisamente la lección más importante de todas.

Cuando hemos fracasado varias veces a la hora de contar nuestras respiraciones de uno a cuatro, empezamos a darnos cuenta de lo mucho que realmente necesitamos meditar. Empezamos a obtener una cierta comprensión de la calidad de nuestra mente progresivamente. Comenzamos a observar más fácilmente, por ejemplo, cuándo nos sentimos excesivamente animados, distraídos o cansados. Quizá no le parezca mucho, pero lo cierto es que a menudo no nos hallamos en contacto con nuestras emociones o con nuestro estado mental.

Esta toma de conciencia de la facilidad con la que nos distraemos, de lo inestable de la calidad y del contenido de nuestra mente, se convierte en el fundamento de nuestra práctica de meditación. Así pues, es innecesario realizar la meditación perfectamente al primer intento. Es mucho mejor crear un buen fundamento para nuestra práctica, mediante el descubrimiento del verdadero estado en que se halla nuestra mente. En consecuencia, cuando medite, es importante no censurarse a sí mismo por el fracaso. El fracaso no es más que el momento en que se agudiza su conciencia y  regresa al cómputo a partir de “uno”.

Ésta es una lección difícil de aprender. Todos estamos orientados hacia la consecución de objetivos, condicionados por la sociedad para considerar toda nueva empresa en términos de éxito o fracaso. Aunque el “objetivo” de contar la respiración consiste en contarla de uno a cuatro sin perder la cuenta, frecuentemente se produce la más vívida conciencia precisamente en el momento en que nos damos cuenta de que nuestra mente está dispersa y renovamos, por tanto, nuestro esfuerzo por regresar al cómputo a partir de “uno”.

Es posible que, al principio, no parezca nada importante este regresar al cómputo a partir de “uno” cada vez que la mente se distrae y se pierde la cuenta de las respiraciones. Pero, después de todo, algo está sucediendo. Está rompiendo la pauta del pensamiento habitual que ha regido su vida hasta ahora. Al volver a centrar la atención sobre la respiración y empezar a contar desde “uno”, se está demostrando a sí mismo que es dueño de su propio cuerpo y mente.


[1] Strand, Clark, Meditación sin gurús. Ediciones Obelisco. Barcelona, España. 2005

Como Sandra Petrignani, también yo tuve un tío comunista que viajó a Rusia y nos trajo una matrioshka. Nos dijo que se llamaba “babushka”; “abuelita”, nos tradujo. Pese a la obvia relación, señalada en el texto, entre la maternidad y el hecho de que había una muñeca igual pero más pequeña dentro de cada de ellas, nunca se me ocurrió pensar en eso cuando era chica. Jugué a alinearlas de mayor a menor y de menor a mayor, a buscar las diferencias, a tratar de armarlas consiguiendo la unión perfecta de las dos mitades. Y me aburrí de ésas y de todas las demás que me regalaron otros tíos, primos, amigos, camaradas, comunistas. Llegué a tenerles fastidio. Tanto que  no las guardé y no hay ninguna hoy en mi casa. Ahora me gustaría volver a tener alguna. Desde hace  unos años, las venden en muchos lugares, pero todas me parecen toscas, copias feas de las de la infancia. La primera, la que trajo de Moscú mi tío Salvador, la tiró mi hermano menor al pozo ciego de la casa, que entonces estaba en construcción. Años después, al abrirlo para destaparlo –todavía no había cloacas en mi barrio– ,  la bábushka flotaba sobre ese miasma.

Matrioshka

“El tío comunista había estado en Rusia y había vuelto entusiasta. Se encendían discusiones, puños sobre la mesa, caras rojas. Los hombres se ponían de pie uno contra el otro, cara a cara a través de esa mesa, bajo la lámpara que cortaba la oscuridad con un haz cónico, las mujeres protestaban invitando a la calma. A los niños les gustaba Rusia. El tío hablaba de ella como de un lugar de fábula, donde todos eran buenos. Y después, de Rusia venían esas muñecas extrañas, de madera pintada –madera ligera de abedul–, una dentro de otra, variante refinada de las cajas chinas. . Fue suficiente el nombre para imaginarlas. “Les traeré una matrioshka”, había dicho el tío al partir. Hacía pensar en una madre gorda, capaz de cocinar tortas, buena, dedicada a la casa y a sus hijos. Todo lo contrario de las madres de verdad, sofisticadas, severas, ansiosas, cansadas.

“De hecho la matrioshka tiene un rostro sereno, perfectamente redondo, grandes ojos dulces y negros dibujados sobre la madera; y las mejillas, dos manchas rosadas, y la boca pequeñita, roja. El cuerpo sólido y amplio recuerda a un huevo de Pascua. Tiene una parte de arriba y una parte de abajo. Se abre y de sus vísceras nace una segunda muñeca, casi idéntica, y de esa sale otra, y después otra y así sucesivamente, hasta llegar a la más pequeña, que es una pieza única. Una muñeca es variación de la siguiente en un solo detalle, el nudo de un moño, el color de una flor en el vestido, el maquillaje de los ojos, una voluta del pañuelo. Puestas todas juntas, en fila o en grupo, evocan la alegría compuesta de una educada descendencia de mujeres. Mujeres a la espera. De un hijo, porque todas –menos una, la última– son redondas y tienen efectivamente la posibilidad de esconder a la otra dentro de sí. De la mirada masculina, tal vez, que la admirará y fecundará. Los brazos de la matrioshka dan ternura, son el signo de una sumisión natural. Son brazos cortos pegados a manos gordas, con dedos cerrados, las palmas contra el vientre grávido. Dibujadas sin nada que resalte, circundan y protegen el cuerpo, rígidas, como si estuvieran atentas. Con ojos mansos, anchos, conocen la beatitud de estar embarazada. la lejanía del secreto incomunicable.

“Juegan con la matrioshka nenas y varones. El juego consiste en montarla y desmontarla cien veces, adivinar la progresión de las formas desde la más pequeña a la más grande, hacer encastrar perfectamente el dibujo de la parte de arriba con el de la parte de abajo. Incluso un niño comprende que la muñeca rusa es algo más que un juguete y por eso acepta que sea puesta en una mesita o en la citrina de los objetos preciosos. Toda casa debería tener la suya o sus matrioshkas, ídolos protectores, númenes de la familia.”


[1] Petrignani, Sandra. Catálogo de juguetes. La compañía de los libros. Buenos Aires, Argentina. 2009.

 

Hace poco más de diez años estuve por primera vez en Nueva York. Fue una experiencia difícil de explicar: una primera salida solitaria al mundo ancho, pasados ya los cuarenta. No hubo nada de mí, allá afuera, que no hubiera podido encontrar aquí mismo. Pero, sin quererlo y sin saberlo, tuve entonces una experiencia del presente absoluto, del momento que no sabe nada del pasado ni trata de imaginar ningún futuro.

Bastante tiempo después encontré un diario de viaje de Simone de Beauvoir en el que cuenta su experiencia en Estados Unidos en 1947. Conoció allí, entonces, al amor de su vida. No a Sartre sino al hombre con cuyo anillo pidió ser enterrada, el escritor Nelson Algren. Parte de su relato es el que yo podría haber hecho. “No aprehenderé Nueva York con palabras. Ya no pienso en aprehenderla. Me disuelvo en ella. Es imposible cualquier confrontación con las cosas que están ahí; existen de otra manera: están ahí. Miro y vuelvo a mirar, tan estupefacta como un ciego que acaba de recobrar la vista.”[1]

“Descender del cielo a la tierra es un pequeño calvario. El aire límpido y sin peso se espesa en una atmósfera que se adhiere a la corteza terrestre surcada de remolinos. El vuelo soberbio se convierte en navegación aplicada. Mis sienes zumban, mis oídos están doloridos; mi tímpano es sin duda esa membrana que describen los libros de historia natural: se tensa, vibra, duele. (…) He cerrado los ojos; cuando los abro de nuevo todas las estrellas del cielo han rodado por la tierra. Un centelleo de pedrerías y carbunclos, de frutos de rubí, de flores de topacio y de ríos de diamantes: sólo he experimentado en la infancia un deslumbramiento semejante, un deseo tan apasionado. (…) El avión desciende, cabecea. Unido a los vientos, a la niebla, al peso del aire, vive en el presente de una vida elemental y turbada: pertenece a la naturaleza. Desciende.  Las hileras de perlas se convierten en calles, las burbujas de cristal son farolas; es una ciudad que se ofrece e incluso las palabras de la infancia resultan demasiado pobres para dar nombre a lo que promete. (…)

“El coche circula tan ágilmente, bajo las ruedas el pavimento es tan liso que la tierra parece intangible como el aire. Seguimos el curso de un río, cruzamos un puente metálico, y mi vecina dice de pronto: “Es Broadway”. Entonces, de golpe, veo. Veo largas calles luminosas con centenares y centenares de coches; se paran y vuelven a arrancar con tanta disciplina que parecen dirigidos desde lo alto del cielo por alguna providencia magnética; el ajedrezado regular de las calles, las aristas inmutables de los cruces de ángulo recto, la alternancia matemática de semáforos rojos y verdes dan tal impresión de orden y paz que la ciudad se me antoja silenciosa: la verdad es que no se escucha un claxon, ni un estruendo de bocinazos, y comprendo por qué los visitantes norteamericanos se sorprenden del terrible rechinar de frenos en los cruces de nuestras calles.

“Camino: Boradway. Times Square. Calle Cuarenta y dos. Mis ojos sin recuerdos, mis pasos sin proyecto: desgajada del pasado y del futuro, una pura presencia. Tan pura, tan tenue que duda de sí misma y el mundo está también en suspenso. Digo. Es New York; pero no me lo creo del todo.”


[1] de Beauvoir, Simone. América día a día. Diario de viaje. Ediciones Mondadori. Barcelona, España. 1999.

 

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Iniciamos el trámite de reconocimiento de la nacionalidad italiana hace veinte años (sí, veinte). El plural incluye a mis hermanos. En lo personal, la decisión de hacerlo estuvo relacionada con el triunfo de Carlos Menem en 1989 y con la desoladora perspectiva que nos parecía que se abría en el país. En este caso, el plural incluye a quien entonces era mi marido. Juntar todos los papeles de nuestros abuelos, padres, hijos, cónyuges nos llevó un tiempito. Y hubo que hacer rectificaciones de todo tipo por nombres mal escritos y fechas mal registradas. Y luego apostillar y traducir. En el interín nacieron más niños en la familia. Y hubo divorcios y fallecimientos. Todos y cada uno de esos cambios debieron reflejarse en papeles que se agregaban. Pero lo logramos por fin. La imagen lo ilustra.

Haber conseguido el pasaporte comunitario se me hace parecido a haber subido a un tren que ya está en marcha, que ya no espera. Implica la posibilidad de que mis hijos puedan estudiar y trabajar, si quieren, en cualquier país de Europa. Es un derecho que heredaron de sus bisabuelos. En ese caso, no habría hecho mal negocio Europa: llegaron aquí, a principios del siglo XX, campesinos hambreados, analfabetos. Volverían, cien años después, a principios del siglo XXI, jóvenes con una formación, un vigor y una calificación intelectual que enriquece y honra a aquella sangre noble.