Dibujo

Me preguntaba alguien muy joven, el otro día, si las cremas para la cara sirven para algo. Sí sirven, pero sólo si se las usa todos los días y de la manera adecuada. El resultado quizá no sea el de un “antes y  después” inmediato, pero se ve con el tiempo y es notable. Hace un año y medio empecé a meditar (o a tratar de hacerlo) todos los días. Como con las cremas de belleza, el cambio no fue para mí tan dramático como progresivo y sostenido. Puede que la analogía no sea del todo feliz, puede que la frivolidad de la preocupación por la belleza física nada tenga que ver con el inicio de un camino espiritual  que la meditación supone para muchos. Pero es una manera sencilla de hablar ahora de la constancia.

En cuanto a la meditación, como dice Clark Strand, y casi todo el mundo, lo primero es tomar conciencia de la respiración.

“Hay personas que nacen y mueren y ni una sola vez en la vida han sido conscientes de la respiración que entra y sale de sus cuerpos. Eso es todo lo lejos que llegan en cuanto a vivir a partir de sí mismos.” (Ajahn Chah)

Observar la respiración es el punto de entrada al mundo de la meditación. Eso es cierto en casi todas las tradiciones  espirituales del mundo, si bien en diferentes grados. Hay pruebas de esta conexión incluso en palabras en usadas tan habitualmente como “espíritu” e “inspiración”, derivadas ambas de la palabra latina spiritus, que significa “respiración”.

Al centrar la atención en la respiración, al permanecer atento a ella en cada momento situamos el cuerpo y la mente juntos en un único lugar, en un solo momento, que es el presente. Pero ¿cómo mantenernos nuestras mentes concentradas en algo tan simple como la respiración?

Aquí es donde interviene el cómputo.

Probablemente, se habrá dado cuenta de que es más fácil meditar cuando se cuentan las respiraciones que cuando no se hace nada. Contar la respiración le proporciona algo sobre lo que concentrar la atención y también algo a lo que regresar cuando la mente se distraiga y pierda la cuenta.

Quizá pudo contar las respiraciones con facilidad durante uno o dos minutos, sin distraerse en ningún momento y olvidar el número que contaba. En cualquier caso, al continuar con esta práctica descubrirá que contar es siempre la mejor forma d empezar, a pesar de que en ocasiones le resultará fácil y en otras casi imposible.

Más adelante aprenderemos a seguir la respiración y, finalmente, a meditar sin métodos de ningún tipo. No obstante, incluso entonces querrá empezar en el mismo punto cada vez que medite, del mismo modo en que entra en una casa por la puerta. Contar la respiración es una forma de recordarse a sí mismo que tiene que serenarse y estar presente, de tomarse la vida con sencillez, momento a momento.[1]


[1] Strand, Clark, Meditación sin gurús. Ediciones Obelisco. Barcelona, España. 2005

 

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He leído por primera vez este soneto hoy. Lo encuentro maravilloso. De paso, pregunto qué función gramatical tiene el “que” del último verso. Ha sido motivo de discusión entre una docente de la carrera de Letras y el chico Puán de la familia.  Hemos consultado a la RAE.  Si nos responde, lo publicaremos.

Enseña cómo un solo empleo en amar es razón y conveniencia

Fabio: en el ser de todos adoradas,
son todas las beldades ambiciosas,
porque tienen las aras por ociosas
si no las ven de víctimas colmadas.

Y así, si de uno solo son amadas,
viven de la Fortuna querellosas,
porque piensan que más que ser hermosas
constituye deidad el ser rogadas.

Mas yo soy en aquesto tan medida,
que en viendo a muchos, mi atención zozobra,
y sólo quiero ser correspondida

de aquél que de mi amor réditos cobra;
porque es la sal del gusto el ser querida,
que daña lo que falta y lo que sobra.

wallace stevensTheory

I am what is around me.

Women understand this.
One is not duchess
a hundred yards from a carriage.

These, then are portraits:
a black vestibule;
a high bed sheltered by curtains.

These are merely instances.

(Soy lo que me rodea.
Las mujeres comprenden esto.
Nadie es duquesa
a cien yardas de un carruaje.
Estos, entonces, son retratos:
un vestíbulo negro,
un alto lecho protegido por cortinados.
Estos son tan sólo ejemplos.

Alberto Girri, Versiones, Corregidor, Buenos Aires, 1974)

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Hoy por la mañana le comenté a uno de mis hijos que estaba tomando un té verde y le expliqué que había comprado un blend que tiene cáscara de naranja, pedacitos de manzana y flores. Abrí la lata y se lo di a oler. “No me gusta el té verde. Pero estoy contenta –le dije– porque encontré esta mezcla que no tiene ese gusto tan silvestre.” “Parece chicle. ¿Pero si no te gusta por qué lo tomás? ¡Vos sos una esnob!” Dio por terminado el tema. Había dejado de escucharme  cuando quise explicarle cuáles son las virtudes del té verde y por qué lo recomiendan algunos nutricionistas, entre ellos Cormillot.

té verde con cascaritas y flores

“¿Soy una esnob?” [1]es el título de un texto breve de Virginia Woolf, escrito cuando se encontraba en el punto culminante de su fama -como apunta la nota del editor de Lumen– y fue leído en el Memoir Club el 1 de diciembre de 1936.

Lo encontré justamente hoy. No les miento. Y lo leí mientras tomaba… ¡una taza de té verde! Tampoco en esto les miento.

“¿Acaso hablo solo de mí misma cuando digo que nada digno del nombre de una aventura me ha ocurrido desde que ocupé esta eminente aunque espinosa silla (la del Memoir Club), pero que, a pesar de ello , sigo siendo, para mí misma, un tema inagotable y de fascinante y angustiado interés –un volcán en perpetua erupción? ¿Me habré quedado sola en mi egotismo cuando digo que nunca la pálida luz del alba se filtra a través de las persiana de la casa número 52 de Tavistock Square, sin que yo abra los ojos y exclame : “¡Dios Santo! ¡Aquí estoy otra vez!”, no siempre con placer, a menudo con dolor, a veces con un espasmo de aguda repugnancia, pero siempre, siempre, con interés?”

“… acabo  de hacer un descubrimiento. La esencia del esnobismo estriba en el deseo de impresionar a la gente. El esnob es un ser aturdido y de escasa capacidad mental, tan poco contento de sí mismo que, a fin de consolidad su personalidad, no hace más que pasar un título o algo que suponga un honor por la cara del prójimo a fin de que el prójimo le crea y ayude al esnob a creer lo que realmente no cree –que él o ella es, de una manera u otra, una persona importante.”

“Este síntoma concurre en mí. Ejemplo de ello es esta carta. ¿Por qué está siempre encima de todas mis otras cartas? Pues porque lleva un escudo nobiliario: si una carta lleva estampado un escudo nobiliario, esta carta siempre flota milagrosamente encima de todas mis demás cartas. A menudo me pregunto ¿por qué? Sé perfectamente que ninguno de mis amigos quedará impresionado, y que nunca ha sido así, por cualquier cosa que yo haga con la finalidad de impresionarle. Sin embargo, así me comporto –aquí está la carta, encima. Esto indica, lo mismo que una erupción o una mancha, que padezco la enfermedad.”


[1] Wolf, Virginia. Momentos de vida (Memories of Being). Lumen. Montevideo, Uruguay, 2008.

“En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar soprendente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casó era un hombre de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había emergido de ella muy pronto para descubrir que también sin felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisible que vivían como quien trabaja, con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le sucediera a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada que muchas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo quiso ella y así lo había escogido.”


SMS a mi hijo: “Estoy sentada en el piso, rodeada de cacatúas, finas todas, como yo”. El mensaje fue una forma de llenar el pequeño hiato angustioso que me produjo llegar ayer a la presentación de Julian Barnes, organizada por el British Council (BC), que había respondido a mi solicitud de ubicación en el salón del MALBA con la sugerencia de seguirla en “pantalla gigante”, fuera del auditorio. Eso sí, quedaba invitada, igualmente, para el vino de honor y la firma de libros.

Así pues, estaba sentada en el hall del MALBA, en los amplios escalones que van de la planta baja a un nivel inferior, compartiendo el momento con gran cantidad de mujeres y menos hombres, con mucha gente de mediana edad y menos jóvenes, con muchos vecinos de Barrio Norte y menos de Palermo Viejo, muchos de todos ellos  ligados al BC, al parecer . “Éste es el lugar más divino de Buenos Aires”–dijo una. “Pobre Constantini, con los problemas que tuvo, sobre todo por los neighbours”–le respondió la otra. “Tenían miedo de que en los week ends se les llenara de negros”, “Por favor, qué negros van a venir acá.”

Una de las pocas jóvenes llegó pisando entre los blancos que dejaba la gente sentada y le preguntó a mis vecinas: ¿Hay alguien acá? “Sí, nosotras dos?” “Ah, me siento en este huequito”. “Por favor, ésta no es la 12. Fijate si más abajo encontrás otro lugar.” La chica se hizo la sorda y yo le ofrecí una laminilla de menta para mostrarle algo de cortesía pero, sobre todo, para que no me confundiera con las cacatúas. Es sabido que todo gesto de generosidad esconde un motivo poco altruista.

La presentación empezó con algo de retraso, lo cual fue motivo de agitación a mi alrededor porque “Dchúlian (sepamos pronunciar) pidió que se respetaran los horarios”. “Sí, él sabe que nosotros somos así, impuntuales, y pidió puntualidad. And no interviews and no photos”.

Dchúlian se mostró encantandoramente irónico y, al mismo tiempo, respetuoso con la audiencia. Uno de los presentadores, cuyo nombre no recuerdo pero que no fue Quiroga, sacó a relucir que Borges había escrito “en un micro relato, como se dice ahora, de 16 líneas”, lo que el invitado había escrito en más de 300 páginas en “Inglaterra, Inglaterra”. “Esa referencia a Borges no es una manera de sentirse muy bien recibido en Buenos Aires”, dijo palabra más palabra menos JB. Y, en adelante, ya no lo dejó en paz al hombre. Quizá deberíamos abandonar la costumbre de sacar a Borges del aparador como sacamos la loza buena cuando vienen invitados a casa.

No puedo resumir el contenido verdaderamente importante de lo que dijo Barnes. Agrego solamente que, ante nueva infeliz intervención del presentador torpe, que preguntó si había notado la similitud de un relato no ya con Borges sino con Sartre, Dchúlian dijo que agregar datos verdaderos a un relato puede quitarle verosimilutd. Todos lo sabemos, me dirán a coro. No lo sabemos a veces en el momento de escribir. Me lo hizo notar en carne propia, cierto día, un escritor local menos glamoroso pero igualmente profesional, Juan Martini.

Y lo último: ante la pregunta de quiénes eran los escritores contemporáneos que más le gustaban hizo una diferencia entre los muertos, que pueden sentirse como contemporáneos más allá de la época a la que pertenezcan, y los vivos. Retuve lo que podía en medio de la incomodidad y del idioma ajeno: entre los primeros nombró a Chejov y entre los segundos, a John Updike y a ¡Lorrie Moore!, una escritora nortemericana poco conocida aquí. Menciono esto último porque a mí también me gusta mucho y me hace sentir más tranquila con mis elecciones. Soy una chica insegura.

Hice la cola para la firma de ejemplares con la gente de la 12 y las cacatúas, que se portaron peor porque se sentían con derecho a adelantarse. Mientras esperaba, practiqué una frase en inglés y traté de decidir cuál era la mejor página para que firmara mi ejemplar de una malísima traducción de “Talking it over” (Hablando del asunto). Hablé demasiado bajo cuando estuve frente a la mesa: “I’m very pleased to see you”. Al principio me miró interrogante, pero creo que entendió el “to see you” y dedujo el sentido: “Thank you…tank you too much”. En cuanto a la firma, él eligió el lugar y la página: debajo de su propio nombre impreso en la hoja con el título de la novela, volvió a escribirlo a mano, con su propia mano (click sobre la imagen para verlo mejor).

Cuando salí, la cola para la firma seguía con unas cincuenta personas más y el vino de honor, afuera, ya casi terminaba.

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