En los días feriados del Bicentenario de la Patria, algunas circunstancias familiares que no vale la pena mencionar me pusieron en contacto con Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla. Me anoticio ahora de que la obra fue publicada primero en forma de apostillas en el diario La Tribuna de Buenos Aires, en 1870, y luego fue compilada como libro.
Cuando era chica, teníamos con mis hermanos muchos tomos de la colección Robin Hood, con tapas duras. Entre ellos había una versión –seguramente jibarizada y adaptada—de Una excursión… que me negué sistemáticamente a hojear siquiera. No quería saber nada con historias de indios, ni locales ni exóticos. Así fue como tampoco leí nunca El último de los mohicanos, de James Fenimore Cooper, otro de los volúmenes de la serie. Más aún, me molestaba, incluso, el pasaje de la historia de Peter Pan en el que hay una princesita india en apuros.
El hecho es que hoy leí los primeros capítulos del libro de Mansilla y quedé maravillada, tanto como cuando empecé las memorias de Virgina Woolf. Me gustan los textos que discurren, aquéllos en los que la trama del relato no interesa, en los que, en verdad, hay muchos pequeños relatos unidos como las cuentas de un collar: cada uno, una perla; todos juntos, una conversación. Es que cada vez me interesa menos el relato de una historia y cada vez admiro más el arte de la causerie. Copio aquí una de las digresiones del primer capítulo.
Capítulo 1: “Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist: los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríios Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.”[1]
Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El macrocosmo, o sea el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y el microcosmo, o sea el hombre individual, pugnando por emanciparse de las tiranías de la moda y de la civilización.
A los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga, es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y sacrificaron su estómago en aras del bueno tono!
A los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la vida han comenzado marchitar la tez y a blanquear los cabellos, las necesidades crecen, por un bote de cold cream, o por un paquete de cosmético, ¿qué no se hace?
Más tarde, todo es lo mismo; con guantes o sin guantes, con retoques o sin ellos, “la mona aunque se vista de seda mona se queda”.
Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor: nada de picantes, nada de trufas. El puchero es lo único que no hace daño, que no indigesta, que no irrita.
En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en el irresistible corso e ricorso de los tiempos y de la humanidad, el mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente a los mortales de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.
[1] Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles. Agebe. Buenos Aires, Argentina. 2006.


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