Leo un librito de Schopenhauer, su “Historia de la Filosofía”, que no es un resumen de las ideas fundamentales sino algo así como una causerie acerca de ellas y de los autores fundamentales de la tradición occidental.  Así comenta sobre Aristóteles, por ejemplo, que sus “caracteres fundamentales”  fueron “su gran sagacidad unida a la circunspección, instinto de observación, universalidad y falta de penetración” (el subrayado es propio). “Su Metafísica –dice poco después– es en gran parte un conjunto de frases sueltas acerca de los filosofemas de sus predecesores a los cuales él critica y refuta desde su punto de vista, generalmente por apotegmas aislados de los mismos, sin penetrar en su sentido verdadero sino como uno que rompe desde afuera los cristales. Expone pocos dogmas propios o al menos no los relaciona. Es un mérito casual que debamos a su polémica una gran parte de nuestros conocimientos sobre los filosofemas antiguos.”

Lo que sigue es un pasaje del apartado sobre Sócrates, de cuya valía no da fe porque “tuvo un vientre abultado, lo cual no corresponde a los distintivos del genio”. Y porque, además, no ha escrito sus enseñanzas, un deber de aquéllos que tienen conciencia de “no pertenecer al rebaño”.

Socrates[1]

Un gran genio tiene que conocer gradualmente sus deberes y su posición respecto de la humanidad, y por consiguiente, adquirir la convicción de no pertenecer al rebaño sino a los pastores, es decir a los educadores del género humano; por este medio se le pondrá de manifiesto  la obligación de no limitar su inmediato y seguro influjo a los pocos que la casualidad reúne a su alrededor, sino de extenderlo a la humanidad para que pueda alcanzar a las excepciones de ella, a los excelentes y por lo tanto, a los más raros. Mas el órgano con que se habla a la humanidad es únicamente la escritura; oralmente sólo se habla a un número determinado de individuos, por lo cual, lo que se dice así en relación con el género humano queda en la categoría de asunto privado. Porque esos individuos son para la semilla fértil un buen terreno en el cual o no prende o degenera rápidamente en sus producciones; por consiguiente, hay que conservar la semilla. Pero esto no se efectúa por tradición, que en concepto de tal se falsifica a cada momento, sino sólo por medio de la escritura, esa única guardiana fiel de los pensamiento. Además, todo espíritu que piensa profundamente  siente, por necesidad de impulso y para su propia satisfacción, fijar sus pensamientos y revestirlos de la mayor claridad y determinación posibles; por consiguiente, de darles cuerpo por medio de palabras. Pero esto se efectúa, mejor que por cualquier otra forma, mediante la escritura, porque la exposición escrita es esencialmente distinta de la oral, pues sólo ella permite la mayor precisión, concisión y significativa brevedad, convirtiéndose con esto en el molde del pensamiento.


[1] Schopenhauer, Arthur. Historia de la Filosofía (de los presocráticos a Hegel).Quadrata. Buenos Aires, Argentina. 2005

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