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“En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar soprendente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casó era un hombre de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había emergido de ella muy pronto para descubrir que también sin felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisible que vivían como quien trabaja, con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le sucediera a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada que muchas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo quiso ella y así lo había escogido.”


SMS a mi hijo: “Estoy sentada en el piso, rodeada de cacatúas, finas todas, como yo”. El mensaje fue una forma de llenar el pequeño hiato angustioso que me produjo llegar ayer a la presentación de Julian Barnes, organizada por el British Council (BC), que había respondido a mi solicitud de ubicación en el salón del MALBA con la sugerencia de seguirla en “pantalla gigante”, fuera del auditorio. Eso sí, quedaba invitada, igualmente, para el vino de honor y la firma de libros.

Así pues, estaba sentada en el hall del MALBA, en los amplios escalones que van de la planta baja a un nivel inferior, compartiendo el momento con gran cantidad de mujeres y menos hombres, con mucha gente de mediana edad y menos jóvenes, con muchos vecinos de Barrio Norte y menos de Palermo Viejo, muchos de todos ellos  ligados al BC, al parecer . “Éste es el lugar más divino de Buenos Aires”–dijo una. “Pobre Constantini, con los problemas que tuvo, sobre todo por los neighbours”–le respondió la otra. “Tenían miedo de que en los week ends se les llenara de negros”, “Por favor, qué negros van a venir acá.”

Una de las pocas jóvenes llegó pisando entre los blancos que dejaba la gente sentada y le preguntó a mis vecinas: ¿Hay alguien acá? “Sí, nosotras dos?” “Ah, me siento en este huequito”. “Por favor, ésta no es la 12. Fijate si más abajo encontrás otro lugar.” La chica se hizo la sorda y yo le ofrecí una laminilla de menta para mostrarle algo de cortesía pero, sobre todo, para que no me confundiera con las cacatúas. Es sabido que todo gesto de generosidad esconde un motivo poco altruista.

La presentación empezó con algo de retraso, lo cual fue motivo de agitación a mi alrededor porque “Dchúlian (sepamos pronunciar) pidió que se respetaran los horarios”. “Sí, él sabe que nosotros somos así, impuntuales, y pidió puntualidad. And no interviews and no photos”.

Dchúlian se mostró encantandoramente irónico y, al mismo tiempo, respetuoso con la audiencia. Uno de los presentadores, cuyo nombre no recuerdo pero que no fue Quiroga, sacó a relucir que Borges había escrito “en un micro relato, como se dice ahora, de 16 líneas”, lo que el invitado había escrito en más de 300 páginas en “Inglaterra, Inglaterra”. “Esa referencia a Borges no es una manera de sentirse muy bien recibido en Buenos Aires”, dijo palabra más palabra menos JB. Y, en adelante, ya no lo dejó en paz al hombre. Quizá deberíamos abandonar la costumbre de sacar a Borges del aparador como sacamos la loza buena cuando vienen invitados a casa.

No puedo resumir el contenido verdaderamente importante de lo que dijo Barnes. Agrego solamente que, ante nueva infeliz intervención del presentador torpe, que preguntó si había notado la similitud de un relato no ya con Borges sino con Sartre, Dchúlian dijo que agregar datos verdaderos a un relato puede quitarle verosimilutd. Todos lo sabemos, me dirán a coro. No lo sabemos a veces en el momento de escribir. Me lo hizo notar en carne propia, cierto día, un escritor local menos glamoroso pero igualmente profesional, Juan Martini.

Y lo último: ante la pregunta de quiénes eran los escritores contemporáneos que más le gustaban hizo una diferencia entre los muertos, que pueden sentirse como contemporáneos más allá de la época a la que pertenezcan, y los vivos. Retuve lo que podía en medio de la incomodidad y del idioma ajeno: entre los primeros nombró a Chejov y entre los segundos, a John Updike y a ¡Lorrie Moore!, una escritora nortemericana poco conocida aquí. Menciono esto último porque a mí también me gusta mucho y me hace sentir más tranquila con mis elecciones. Soy una chica insegura.

Hice la cola para la firma de ejemplares con la gente de la 12 y las cacatúas, que se portaron peor porque se sentían con derecho a adelantarse. Mientras esperaba, practiqué una frase en inglés y traté de decidir cuál era la mejor página para que firmara mi ejemplar de una malísima traducción de “Talking it over” (Hablando del asunto). Hablé demasiado bajo cuando estuve frente a la mesa: “I’m very pleased to see you”. Al principio me miró interrogante, pero creo que entendió el “to see you” y dedujo el sentido: “Thank you…tank you too much”. En cuanto a la firma, él eligió el lugar y la página: debajo de su propio nombre impreso en la hoja con el título de la novela, volvió a escribirlo a mano, con su propia mano (click sobre la imagen para verlo mejor).

Cuando salí, la cola para la firma seguía con unas cincuenta personas más y el vino de honor, afuera, ya casi terminaba.

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